jueves, 19 de febrero de 2015

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Me veía morir. Todo se volvía oscuro, se perdía en esa negrura la diferencia entre la tierra y el cielo. No sabía en donde me encontraba, no me podía ubicar. Es difícil explicar, porque sí, sabía dónde estaba parada, no estaba mareada, pero a la vez no, no sabía. No entendía lo que sucedía, no quería pensarlo. En fin, pasaban los minutos y no llegaba. ¿Estaría errada? ¿No había llegado mi hora? Pensé en esa pregunta, y comprendí. Quería morir, debía morir. A muchos les teme pensarlo, y yo simplemente lo deseaba. No veía otra solución para lo que sentía. No quería más ese miedo. No importa cuanto cueste no lo quería. Nunca tuve este pensamiento suicida, pero no me asustaba tenerlo, quería que se cumpla, no me importaba cómo. 
No quería buscar esta vez, clásico en mi vida. Quería que llegue. Esperaría un rato más, otro clásico. Seguiré escribiendo, cuándo lo deje de hacer habré muerto.

Deseo, deseo. Nada. Era una pesadilla constante, todo comenzó con una sombra, luego un par de golpes. Siguió con la caída. Caer de esa manera fue una señal, pensaba. Fue seca, sin dolor. Muy real. Luego el desmayo... y ya no vi nada más. Esa es la negrura de la que estoy hablando. Entendí que estaba desmayada, que lo único de mi cuerpo que se encontraba activo eran estos pensamientos. Siento que escribo y realmente mis dedos están duros, ¿habré muerto ya? Quiero que se esfume todo, debe ser así, se supone. Esperaré un rato más, clásico, clásico por siempre.

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