Un hombre charla entusiasta a mi lado con su compañera de asiento. Me llama la atención sus anteojos polarizados, como escondiendo los ojos a medias, no del todo. Quizás así sea su vida. Recién conoce a la mujer con la que charla, lo sé por la timidez con que lo hace. No creo que sea interesante lo que ella dice ya que él cada minuto mira el reloj, desea bajarse ya mismo, le diría que estamos en la misma pero no da. Nuestra diferencia es que él no desea oírla más, no quiere fingir interés y siente remordimiento por sentir eso; yo por suerte no escucho nada. Recién la conoce y no quiere verla más. Pobre mujer, le aconsejaría algo, no sé qué, pero está muy lejos. La distancia lo impide, tendría que haberme sentado a su lado. Por algo no se dio.
Frente a mí hay una mujer que habla por celular, demasiado normal todo. Aunque si lo pienso un poco, quizás esté loca y esté hablando sola. Nunca sabré si en verdad habla con alguien que la espera al bajar o simplemente no haya nadie, y tenga razón. Hay algo de soledad en su forma de mirar, por algo lo pienso. Otra más.
Finalmente, a mi lado izquierdo se encuentra la ventana sucia, así siempre están en los colectivos, incluso más, la próxima traeré un trapito y la limpiaré. A unos metros de ella hay dos negocios, fue lo más llamativo del viaje. Uno vacío y el otro repleto de gente. Cómo todo en este día, como este colectivo repleto y el que se encuentra atrás pisandole los talones no lleva a nadie. Yo quisiera estar ahí atrás pero no sé, caí acá. Que llegue a mi destino por Dios que si miro atrás no hay más que vacío.
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